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viernes, 15 de junio de 2012

IGOR CORRALES


IGOR CORRALES en el puerto de barcelona . LA BARCELONETA





Por: Amalia del Cid

La de Igor Corrales fue una infancia de huérfano y de hijo de un guerrillero que supuestamente traicionó a los suyos. De repartir periódicos por la calle del prostíbulo de La Peluda, aprender a hacer puros de tabaco con don Pancho Ponce, el carpintero, y garabatear mil escenas de asesinato y destace de cerdos. Dibujar, también, montaña, río, piedra, nube y hasta un suspiro.

Así, en las tierras de Somoto, allí en el Norte de Nicaragua, entre rosquillas y ríos, se fue cultivando el artista que hoy, a los 39 años, le ha vendido el alma al diablo para construir un nombre en Europa y el resto del mundo.

El diablo son las galerías de arte en las que Igor expone sus obras bajo cláusulas e imposiciones. Unas apoyan al artista (esas no merecen que se les llame satánicas), pero otras piden hasta el 90 por ciento por la venta de un cuadro, cuenta el somoteño, que desde hace tres años reside en España y se mueve en un círculo vertiginoso de artistas de primera línea. Ni un espermatozoide ha tenido tanta competencia.

Pero, también, nunca un espermatozoide ha hecho tanto esfuerzo para llegar a la meta.

Igor Corrales nació en el invierno de 1972 y tuvo una familia estable hasta los siete años de edad. Después sucedió que su madre, Luz Haydée Díaz, quiso emigrar a Managua y su padre, Marvin Corrales Irías, tras haber luchado contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, fue responsabilizado por la muerte del guerrillero sandinista José Benito Escobar. Lo encarcelaron por casi 11 años. Y a su hijo lo crió la abuela materna.

El niño creció entre escapadas al río que invariablemente culminaban en palizas, andanzas a lomo de burrito, pinares, olor a leña y café, Purísimas, altares, misa campesina, el odio de los detractores de su padre, lápices, crayolas y papel de envolver de cinco metros por córdoba. Ahí dibujaba todo lo que le llamaba la atención. Hasta los diseños en la ropa de la gente, cuenta Igor.

La práctica hace al maestro y a los 13 años pudo exponer por primera vez sus creaciones. Fueron dos cuadros. Uno de destace de cerdos y otro de Somoto visto desde la montaña. Los colgaron en la Casa de Cultura del pueblo y ese fue todo un honor para el joven principiante.

A los 15 dio otro paso. Por haber tejido la imagen de una pieza arqueológica con henequén, ganó su primer reconocimiento: un radio de cable y baterías. “Ese es el único premio que he recibido en Nicaragua”, bromea el artista, que ha presentado sus obras en más de 30 países de América, el Caribe y Europa. Ha pasado por galerías desde Nueva York y Luxemburgo hasta Berlín y Trinidad y Tobago.

¿Quién diría que alguna vez cargó sacos de arroz en el mercado Oriental? Lo hizo en 1990, cuando empezaba a sobrevivir en Managua, ciudad a la que llegó (las ironías de la vida) por la vía del servicio militar obligatorio. Fue así como se quedó en la capital, posando con amigos o con la novia de turno, vendiendo palomitas de maíz, pintando casas, mantas, rótulos y cuadros.


Enviaba sus cuadros


por correo o en la maleta de algún viajero conocido con destino a España, con el fin de venderlos a un mejor precio en las calles y bares del primer mundo. Muchas obras se perdieron en el camino y otras se dieron por perdidas. “En ese tiempo no tenías la ventaja del Internet y los celulares para localizar a tus contactos”, recuerda el pintor, que de todas formas siguió mandando sus creaciones al otro lado de la frontera.

Al fin, en 1999 se hizo el ¿milagro? Igor compitió con en una selección del Banco Interamericano contra maestros de la pintura nicaragüense y ganó. Por eso pudo exhibir un cuadro en París, en salas por las que pasaron Picasso y el viejo Chagal. Después de eso, su carrera se quedó sin frenos.

Hoy, el precio de una de sus obras sobrepasa los tres mil dólares. Y contando, ya que a medida que impone su firma en el mundillo de los artistas, se multiplica el valor de sus cuadros, estudios y bocetos.

Ah, pero no le ha salido fácil “hacer un nombre”. Para empezar, aunque ya había expuesto en galerías importantes de distintas partes del mundo, le tocó pagarse su pasaje a España e irse a la buena de Dios. No más llegar, comenzó a alimentarse en comedores de caridad. “Es que lo primero es el arte”, comenta.

Incluso ahora que lucha contra un tumor cancerígeno que le detectaron hace seis meses y le está comprometiendo la vida, lo primero es el arte. Produce algo, aunque sea un boceto, todos los días. Por eso, si algún empresario de galería se le acerca y le pregunta ¿qué me ofreces?, Igor tiene más de alguna colección para mostrar. Cada una compuesta por al menos 50 obras.

Se casó una vez


y se divorció a los ocho meses. Tiene cinco hijas y un hijo, nacidos de cuatro distintas madres. Con semejante currículum amatorio y por ser partidario de la soledad, a lo mejor ya debería estar resignado a la soltería. Nada que ver. Más bien dice soñar con el día en que pondrá un anillo en el dedo de una mujer que no sea celosa.

Por el momento, se deja entero en su romance con el mayor de sus amores: el arte. En sus pinturas utiliza su propia paleta de colores, que nació de una idea bastante genial y retorcida. Es un acróstico. Celeste, Ocre, Rojo, Rosado, Azul o Amarillo, Lila, Esmeralda y Siena: Corrales. De esa forma no solo coge prestigio, también deja un sello que grita su nombre. Sus cuadros son cotizados, tanto que el mismísimo Gabriel García Márquez adquirió uno de la colección Astilleros , aunque ese es un detalle que a Igor no le gusta mucho mencionar. Prefiere hablar de sus planes, como sobrevivir al tumor y hacer más Libros de Artista, una especie de diario ilustrado con pliegos de hasta 35 metros, que se venden enteros o en tuquitos.

También está en su agenda obtener su residencia en España y exponer muy pronto en Dinamarca. Además, crear cortos animados que recreen poemas de escritores nicaragüenses. El primero en la lista es A Margarita Debayle , de Rubén Darío. Durará 10 minutos, es decir que Igor tendrá que hacer unas 1, 500 caricaturas.



Después volverá a Nicaragua. A Somoto. Será en unos diez años, dice. Regresará para hacer esculturas gigantes y colocarlas en las calles. Pero antes, como buen luchador, tiene que llegar a la meta. No le importa si para ello debe otra vez pedir ayuda en comedores de caridad. Igor se promete a sí mismo: “Ya estoy en este tren. Y no me bajo”.


Somoto es un tema recurrente en sus pinturas. A menudo aparece en sus cuadros disfrazado de pitahaya y de pino. Pero también la mujer lo inspira, no en balde ha tenido tantos romances, de toda clase y categoría.



IGOR CORRALES, en el techo de la pedrera. obra del arquitecto catalan ANTONIO GAUDI.